viernes, mayo 15, 2009
miércoles, marzo 04, 2009
Caminito de casa... .
Por eso, cada vez me cuesta menos desembarazarme de las expectativas de la gente que me rodea. La mayoría me tira sus redes para que me quede por aquí, sin ni siquiera preguntarme que es lo que quiero. Muchos no lo han hecho nunca, así que asumo que sólo tienen claro lo que quieren ellos y empreñar a los demás con eso. A la mierda con ellos y sus neuras. Otros me meten miedo, diciéndome "a ver que haces, ten cuidado que lo he leído en el periódico, hay que estar asustados", como si la vida fuese para vivirla con miedo, y no desde las tripas. Yo sí tengo claro lo que deseo para mi vida: construír mi propia "casa", vivir a gusto conmigo mismo y eso sólo puede hacerse siguiendo tus propios anhelos, colmando la propia aspiración a una vida digna según tu propio criterio, sin ataduras impuestas. Así que cuando tenga el dinerito ahorrado, cojo un avión y cruzo el charco, literalmente. Que nuevos aires limpien mi rostro (que bonito me ha quedado, jejeje).
lunes, marzo 02, 2009
Celso Emilio, hoxe mais que nunca.
polas pombas de luz aferrolladas,
polo esprito vencido baixo a noite
da libertá prostituída.
As espadas penduran silandeiras
coma unha chuvia fría diante os ollos
e teño que chorar na sombra fuxidía
diste pútrido vento
que arromba a lealtá e pon cadeas
no corazón dos homes xenerosos.
para chorar por iles longos ríos,
hei navegar periplos, descubertas
por tempos que han de vir cheos de escumas,
por onde o día nasce,
alí onde xermola o mundo novo.
Pois que o que chora vive, iremos indo;
indo, chorando, andando,
salvaxe voz que ha de trocarse en ira,
en coitelo de berros i alboradas
para rubir ao cumio dos aldraxes.
E pois que cada tempo ten seu tempo,
iste é o tempo de chorar.
domingo, febrero 15, 2009
miércoles, febrero 11, 2009
El despecho puede ser divertido.
sábado, enero 10, 2009
Un pequeño tocho sobre la ciencia hoy en día...
José Carlos Bermejo Barrera: Sobre la imposibilidad de cuantificar el conocimiento y de establecer consecuentemente su correlación con el dinero
José Carlos Bermejo Barrera, Universidad de Santiago de Compostela
Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, en la que la capacidad de producción e innovación tecnológicas decidieron el resultado final de la contienda ha venido desarrollándose en el mundo industrializado la idea de que estamos viviendo en la llamada sociedad del conocimiento. De acuerdo con esta idea la industria, además de poseer la capacidad de producción de bienes en forma masiva -ya sean esos bienes armas o productos de consumo- ha de estar dotada de una gran capacidad de innovación, que es lo que permite a una empresa sobrevivir en unos mercados cada vez más competitivos, y en los que se produce un proceso masivo de transferencia de tecnologías.
Este mismo proceso afectó a las universidades, primero en EEUU, y luego en el resto del mundo, que comenzaron a asumir la idea de que sus funciones docentes e investigadoras también deberían estar regidas por la idea de rentabilidad y de desarrollo de la capacidad de innovación tecnológica, ideas éstas que, a veces, se formulan confundiéndolas con otra, como sería aquella según la cual la universidad -hasta no hace mucho principal institución productora de conocimiento- debería estar al servicio de la sociedad. Intentaremos poner de manifiesto a continuación como tras estas ideas se esconde un principio epistemológico incorrecto, principio no claramente formulado, que sirve como coartada de otras dos ideas: la alabanza de la ideología del mercado de cariz neoliberal y la auto justificación de la existencia de las propias comunidades académicas Con este fin iremos formulando nuestra argumentación en forma de sucesivas tesis, que nos permitan desembocar en el análisis central del problema a resolver.
I
Tesis 1: puede definirse el conocimiento humano (al que a partir de ahora llamaremos simplemente conocimiento) como un conjunto de enunciados. Estos enunciados se refieren a los diferentes aspectos de la realidad
Estos enunciados se refieren a los diferentes aspectos de la realidad y también se refieren a sí mismos. Esto último ocurre en el caso de los enunciados de los saberes de tipo formal, como son la lógica, las matemáticas, la filosofía o la lingüística.
El conjunto de los enunciados que constituyen el conocimiento es un conjunto no numerable.
Ello quiere decir que no es posible realizar una aplicación entre el conjunto de los enunciados del conocimiento y el conjunto de los números naturales. En un principio pudiera parecer que esta tesis es indefendible, ya que el conocimiento humano parece ser finito. Es decir, siempre parece existir un límite de lo que se sabe. Sin embargo, también es evidente que no deberemos confundir las ideas de finito y numerable, ni el campo del álgebra, ni en el campo de la epistemología, por lo que continuaremos con el desarrollo de nuestra tesis.
Para ello comenzaremos con un ejemplo, que nos permita poner de manifiesto la validez de nuestra tesis 1.
Podríamos comenzar por un electrón. Un electrón se define por un conjunto de parámetros evidentemente finitos. Ahora bien, para que los parámetros que nos permiten definir un electrón tengan sentido: masa, carga, spin... deberemos incluir esos enunciados en el conjunto de los enunciados que constituyen la teoría atómica. De acuerdo con ello no sólo deberemos poner en correlación la existencia del electrón con la existencia del núcleo atómico, sino también con un conjunto de enunciados más globales que hace posible pensar ese tipo de teoría física. Estos serían enunciados generales acerca de la materia y del espacio. El desarrollo de la mecánica cuántica es imposible sin una base matemática, por lo cual los enunciados de la física atómica dependen de los enunciados de determinadas ramas de la matemática, como son la geometría, el análisis matemático o la estadística.
A su vez los enunciados de la matemática están jerarquizados y se puede sostener, por lo menos por parte de algunos autores, que los enunciados de la matemático se pueden deducir a partir de los enunciados de la lógica, con el cual el campo de los enunciados que hace posible la formulación de una definición del electrón comienza a ampliarse claramente, ya que pasamos de la física a la matemática y de esta a la lógica y la filosofía.
Ahora bien, si a esta perspectiva epistemológica añadimos la noción de jerarquía ontológica, veremos que la idea de no numerabilidad del conjunto de los enunciados del conocimiento se hace más factible.
Hoy en día sabemos que la idea originaria del átomo como parte mínima constituyente de la materia, que tiene su origen en Grecia, debe ser corregida. Y ello es así no sólo porque el átomo se componga de un núcleo y unos electrones, sino también porque las partículas pesadas (hadrones) que constituyen el núcleo atómico pueden descomponerse en quarks (up, down, top bottom), con lo cual tendremos una disciplina: la cromodinámica cuántica, que analiza los componentes últimos de la materia a un nivel mucho más profundo que la física nuclear.
Pero a su vez los quarks se podrían analizar, al menos teóricamente, a partir de la teoría de las supercuerdas. Con ello la jerarquía ontológica sería:
Supercuerdas
Quarks
Partículas
Átomos
Moléculas.
Dejando a un lado el hecho, ya citado, de que todas estas teorías dependen a su vez de otras teorías matemáticas, y todas ellas de un conjunto de ideas y principios lógicos y filosóficos, podríamos continuar la llamada por Aristóteles la gran cadena del ser en sentido vertical.
En el mundo los compuestos químicos existen en forma de moléculas y los elementos finitos del sistema periódico se combinan de formas imposibles de enumerar, dando lugar al nacimiento las propiedades emergentes.
Es sabido que el hidrógeno posee unas determinadas propiedades y otras el oxígeno, pero cuando el hidrógeno y el oxígeno se combinan en una determinada proporción para formar el agua, las propiedades de la misma no están incluidas ni en las del hidrógeno ni en las del oxígeno.
Un principio de la mecánica cuántica y de la teoría de la relatividad es que no hay ningún observador privilegiado espacialmente hablando y que a nivel cuántico las propiedades del instrumento de observación modifican las propiedades de la partícula observada, cuya existencia, de hecho, es muchas veces, inducida o provocada, lo que no puede hacerse si la partícula está confinada dentro de otra.
Para comprender ontológicamente a un físico dentro de un laboratorio dejando a un lado las propiedades del objeto estudiado, tendríamos que establecer la siguiente jerarquía ontológica.
Un físico es un cuerpo que se compone de elementos químicos que forman un número desconocido e innumerable de compuestos. Esos compuestos pueden ser orgánicos e inorgánicos. Los compuestos orgánicos forman el esqueleto de lo que serán las unidades de la vida: las células. Los componentes químicos de la vida están regidos por los genes, los cuales a partir de las cuatro bases que los componen: adenina, citosina, guanina y timina forman combinaciones innumerables. Cada célula posee sus genes, pero las células se agrupan formando tejidos, los tejidos órganos, los órganos están interconectados anatómicamente mediante mecanismos fisiológicos de naturaleza químicas.
En el cuerpo del físico hay además una jerarquía anatómica y funcional, en cuya cúspide estaría el cerebro formado por 100000 millones de neuronas conectadas cada una de ellas por miles de sinapsis y cuyo funcionamiento se regula mediante neurotransmisores. Todo ello hace posible que el físico formule sus enunciados. Eso si teniendo en cuenta que la serie de las propiedades emergentes crece exponencialmente desde el átomo hasta llegar a la formulación del pensamiento.
En este análisis no estamos teniendo en cuenta la existencia de los aparatos con los que el físico realiza sus observaciones, instrumentos que pueden ser casi infinitamente complejos, como puede ser el caso de un acelerador de partículas. Partiendo de este ejemplo creo que se puede intuir claramente que el conocimiento se compone de un conjunto de enunciados interconectados entre sí a través de millones de conductos, del mismo modo que las neuronas están conectadas por sus sinapsis. Todo ello hace que sea muy difícil saber cuantos presupuestos se esconden en un momento determinado detrás de la formulación de un enunciado que parece tener sentido de forma aislada, en tanto que se refiere a algún aspecto de la realidad.
En contra de este argumento se podría aducir otro. Y es que existen numerosas disciplinas científicas consagradas académicamente, que parecen disfrutar de un cierto grado de autonomía. Cada una de esas disciplinas parece trabajar con un conjunto de enunciados mucho más limitado, que da la impresión de ser numerable. A pesar de ello se puede mantenerla tesis 1, ampliándola con la tesis 2.
Tesis 2: no existe ninguna disciplina científica constituida de tal modo que el conjunto de sus enunciados posea las propiedades de completud y conectividad absolutas, lo que es una consecuencia del teorema de Gödel.
Gödel formuló su teorema aplicado a los sistemas formales, demostrando que en cualquier sistema axiomático siempre pueden surgir proposiciones indecibles dentro del sistema. Si ello es así en un sistema axiomático, en donde el grado de coherencia no puede verse alterado por las limitaciones o los errores de la observación, inevitables en todas las ciencias empíricas, con mucha mayor razón ello ocurrirá en todas las ciencias que se refieren a la realidad. O lo que es lo mismo, que no son meramente formales.
El hecho de que los científicos crean que su conocimiento es autónomo no quiere decir que ello corresponda a la realidad. Se trata no de una propiedad de ese conocimiento, sino de una percepción subjetiva del científico, que está condicionada por su posición académica o profesional, o de su situación en el mercado.
Todos los científicos están capacitados, en mayor o menor grado, para formular enunciados referidos al sector de la realidad que ellos estudian, pero no para formular enunciados acerca de su propio conocimiento, ya que en este caso se trataría de enunciados acerca de otros enunciados, y el método que permite formularlos no es el de una ciencia que se refiere a un sector de la realidad: átomos, moléculas, células...
De hecho algunos científicos, como Edward O. Wilson (E.O. Wilson, 1998) vuelven a hablar de la unidad del conocimiento, reivindicado un principio fundamental de la filosofía positivista y neopositista, aun sin saberlo.
Pongamos un ejemplo. Un neurólogo puede considerar que su disciplina es autónoma, ya que estudia un tipo de célula: la neurona. Sin embargo es sabido que el campo de las neurociencias es enormemente complejo, ya que no sólo incluye el nivel anatómico, sino también el genético, el bioquímico, dada la importada de lo neurotransmisores, y de la relación de éstos con el sistema endocrino. Por no hablar de los aspectos cognitivos, psicológicos y emocionales.
Sin embargo, todo ello puede obviarse por las razones siguientes: ceguera académica e intereses comerciales. Ejemplo: Ronald Davies, director del Baylor College of Medicine de Houston (EEUU), declaraba en el diario El País (29-06-2005), que estaba estudiando las bases genéticas y moleculares de trastornos cerebrales como el Alzheimer y la esquizofrenia.
Su método consiste en experimentar con la “mosca del vinagre” mediante descargas eléctricas. Si esas descargas alteran la conducta de la mosca se trataría de analizar los cambios en los genes y los neurotransmisores, con el fin de sintetizar una molécula comercializable como fármaco.
Aquí surge un problema, que el propio periodista entrevistador señala: el reduccionismo del método aplicado.
Es evidente que el cerebro de una mosca del vinagre y el de un ser humano son muy diferentes. No sólo por el número infinitamente menor de neuronas de la mosca, sino también porque su cerebro no se estructura como el nuestro, en el que es fundamental el desarrollo de la corteza cerebral, indispensable para el desarrollo del lenguaje y de nuestras facultades cognitivas.
No sólo ello. Es que además, la esquizofrenia es una patología tan compleja que incluso algunos psiquiatras anuncian su futura disolución como entidad clínica en el DSM, puesto que los síntomas de la esquizofrenia catatónica y de la esquizofrenia paranoide parecen compartir pocos caracteres en común.
Los esquizofrénicos paranoides oyen voces, lo que difícilmente hará la mosca del vinagre. Tampoco parece factible que tenga alucinaciones visuales, ni desordenes sexuales o afectivos provocados por esas descargas eléctricas que nuestro investigador le aplica.
Es sabido que ninguna teoría explica satisfactoriamente la esquizofrenia (J. Garradé, 1992), pero todo el mundo reconoce la importancia de los factores sociales y familiares, o de tipo emocional, e incluso los factores históricos, ya que esta enfermedad no está atestiguada en ningún pueblo primitivo.
Davis afirma que prescinde de esos factores porque son muy difíciles de analizar, y el bioquímico es fácil. Si ello es así incumple las normas básicas de la investigación científica. ¿Por qué lo hace? Lo hace, entre otras cosas, porque “descubrir” y patentar una molécula que “cure” la esquizofrenia, o el Alzheimer -en el cual los factores emocionales o sociales no desempeñan ningún papel- es un negocio de una magnitud gigantesca para la multinacional farmacéutica que la patente. Sería evidente que esa molécula no curaría la esquizofrenia, pero si hace desaparecer algunos de sus síntomas, como lo hace el haloperidol, su uso ya estaría justificado, aunque sus efectos secundarios sean el producir Parkinson, como en éste último. Se alivia parcialmente el sufrimiento de los esquizofrénicos, se los hace socializables, y sobre todo se realiza un gigantesco negocio, ya que hay millones de ellos en el mundo desarrollado, que es el que puede pagar el precio de esos psicofármacos.
Se nos dirá que el ejemplo escogido es algo exagerado. Podría serlo, pero no es inventado, es algo tan real como para ser publicado en un periódico de gran tirada. Con él hemos introducido otro factor, el factor económico, o sea el dinero, pero ese factor es considerado inseparable de la producción de conocimiento en el mundo actual, no sólo por parte de los empresarios, que para eso están, sino también de los políticos, cuyos deberes deben superar el ámbito económico, y de los científicos, en los que debe ocurrir lo mismo.
Antes de pasar a la formulación de nuestras siguientes tesis, referidas al dinero y a las comunidades científicas, deberíamos añadir una tesis complementaria, ampliamente conocida y formulada por T.S. Kuhn, en un libro, que es ya un clásico de la filosofía de la ciencia: La estructura de las revoluciones científicas.
Tesis 3 (o tesis de T.S. Kuhn): existen dos tipos de progreso del conocimiento: a) el crecimiento acumulativo dentro de un paradigma dado, y b) el progreso del conocimiento debido a una reorganización total del conocimiento existente, o lo que es lo mismo, debido a la configuración de una nueva estructura del conocimiento.
Partiendo de esta tesis 3 deberemos desarrollar la tesis 4.
Tesis 4: sólo es medible, pero no cuantificable necesariamente, el crecimiento del conocimiento en el ámbito de un paradigma establecido. Por el contrario, cuando se produce un cambio de paradigma únicamente se puede sostener que el conjunto de los enunciados del paradigma 1 ha de ser un subconjunto de los enunciados del paradigma 2. Conjuntos igualmente no numerables, a pesar de uno pueda ser un subconjunto del otro.
En efecto un químico nos puede decir que el sistema periódico de hoy posee más elementos que el de hace 100 años, de la misma manera que fueron aumentando las estrellas de la bandera de los EEUU. O que conocemos muchas más proteínas que antes, o que hemos sintetizado miles y miles de compuestos orgánicos. Ahora bien, aunque ello sea cierto seguirían siendo válidas nuestras tesis anteriores, ya que la teoría química sigue dependiendo de la física, y ésta de las matemáticas, y así sucesivamente. Por ello podríamos formular, basándonos precisamente en un argumento que aparentemente nos contradice.
Tesis 5: el incremento del conocimiento, ya sea en el ámbito de un paradigma dado, o en el de varios no hace que el conjunto del conocimiento pase a ser numerable, ya que el incremento del número de enunciados implica el incremento de las conexiones posibles entre enunciados siguiendo una proporción geométrica.
El enunciado de esta tesis resulta fácilmente comprensible con sólo conocer los principios de la aritmética elemental. Algo similar es lo que señala E.O. WiIson, en el libro citado, aunque él no compartiría la tesis de que el conjunto de los enunciados del conocimiento no es numerable.
Pongamos un ejemplo. La síntesis de la urea permitió derribar las barreras entre la química inorgánica y la química orgánica, el descubrimiento del ADN permitió acercar el campo de la vida, hasta no hace mucho tiempo excluido del determinismo científico, del campo de la química. Incluso el descubrimiento de las proteínas autoreplicantes, los priones, ha permitido acercar más estos campos. Esta unificación de campos no es meramente reduccionista. O lo que es lo mismo: de la unificación de dos campos no se deriva que disminuya el número de los enunciados posible. Por el contrario ese número aumenta, y al incrementarse aumenta el número de interconexiones posibles, lo que, como ya dijimos, nos aleja del ideal de lo numerable.
Queda pues, no demostrado, ya que las demostraciones sólo son posibles en lógica y matemáticas, pero sí mostrado, que el conjunto de los enunciados que componen el conocimiento no es numerable.
Pasemos, pues a la segunda parte de nuestra argumentación, en la que entra en juego el segundo de nuestros protagonistas: el dinero.
II
Comenzaremos por proponer una tesis que sería admitida por cualquier persona con una formación mínima:
Tesis 6: el conjunto del dinero es un conjunto numerable. La cantidad de dinero existente debe ser finita.
Es evidente que el dinero cumple tres funciones:
a) es un medio de cambio
b) es un patrón de medida
c) es un medio de acumular riqueza.
En un principio podrían formularse algunas semejanzas formales entre el dinero y el conocimiento. Creemos que fue incluso Gottlob Frege quién dijo que el conocimiento científico es como una libreta de ahorros. Cuanto más dinero metes en ella más dinero tienes y más rentabilidad da. El conocimiento y el dinero serían así acumulativos. El problema es que el conocimiento humano, aunque puede ser estimado, como mayor o menor, no es cuantificable, como habíamos dicho. Y la capacidad de comunicación del conocimiento científico depende de la capacidad de comunicación humana mediante el lenguaje, lo que es un hecho social.
En realidad, cuando se está hablando de la relación entre conocimiento y dinero se está hablando de un tema muy específico, que es el tema de la productividad del capital, en la que se asociarían dinero y conocimiento.
En el proceso social de producción de un bien se requieren: a) materias primas, b) medios de producción y c) mano de obra. Cada uno de estos tres elementos implica un determinado tipo de conocimiento. A saber.
Es necesario desarrollar conocimiento que permita conocer, localizar y utilizar las materias primas. En segundo lugar se requiere conocimiento para desarrollar una tecnología que permita el procesado industrial de esas materias primas. Y por último la mano de obra debe tener un grado de cualificación, que es cada vez mayor, para poder desarrollar su trabajo productivo, lo que implica un proceso de formación.
Además de ello, ya que los precios se forman básicamente en el mercado, partiendo de factores múltiples, el empresario ha de poseer información para desarrollar su estrategia de producción, que le permita: a) hallar mercados, b) encontrar materias primas más baratas, c) desarrollar una tecnología que le permita abaratar los costes de producción y c) convencer a los trabajadores de que les interesa cambiar su trabajo por el salario que él les paga. En este último punto es necesario que se desarrolle una estrategia de persuasión y consenso. Esa estrategia no sólo es propia del empresario, sino que depende de todo el sistema social, jurídico y político.
Una sociedad no es únicamente un modo de producción, o lo que es lo mismo, un mercado. Por el contrario una sociedad históricamente determinada se compone de:
a) un modo de producción, que le permite producir e intercambiar el conjunto de bienes indispensables para la supervivencia física y social del grupo
b) un modo de coerción, que permite reprimir y castigar a los enemigos externos e internos del sistema. Ese modo de coerción, compuesto por ejército, policía y sistemas jurídico: civil y penal, no busca la rentabilidad sino la eficacia en el control social y político.
Puede darse el caso de dos sociedades con dos modos de producción diferentes: Alemania y la URSS entre 1933 y 1945, pero con dos modos de coerción iguales: partido único, policía política, negación de los derechos individuales, sistema de campos de concentración. O, por poner otro ejemplo más reciente: la economía ultraliberal aplicada en un determinado momento por las dictaduras militares de América Latina podía ser similar a la de los EEUU, pero en los EEUU no había ninguna dictadura militar.
c) un modo de persuasión, que constituye lo que Marx llamó la ideología. En él participan los educadores, y para su desarrollo son fundamentales disciplinas como el derecho, la ciencia política, la sociología, la economía y las llamadas ciencias humanas, tal como señala W.G. Runciman, 1983; 1989), creador de este sistema tripartito.
El negarse a reconocer la convivencia de estos tres sistemas en aras de la exaltación de la producción y el mercado se basa en un error, señalado por José Manuel Naredo (J.M. Naredo, 2003), que podríamos llamar paralogismo de la cuantificación absoluta y formular en la siguiente tesis, que recoge el pensamiento de ese autor:
Tesis 7: es imposible realizar un cálculo económico global. El cálculo económico posee únicamente validez relativa, o bien en el ámbito de un proceso de producción concreto, o en la estimación genérica de magnitudes macroeconómicas, que no pueden dar cuenta de la mayor parte de los procesos económicos reales, sino meramente condicionarlos.
Es evidente que un empresario calcula la rentabilidad que afecta a su proceso productivo. Pero en ese cálculo se desestiman una serie de magnitudes referidas a todos los componentes del proceso productivo. A saber:
a) el empresario calcula el coste de las materias primas que considera forman parte directa del proceso productivo, pero numerosos medios naturales anejos a ellas son desestimados. De hecho sólo muy recientemente se ha tenido en cuenta el impacto económico de la industrialización. Este impacto puede ser compensado con el pago de tasas ecológicas por parte de los sistemas fiscales. Pero aun así nunca se cubriría el coste de todos las materias primas: agua, aire (que pueden ser contaminados) por parte del empresario productor. De hecho sabemos que una gran parte de la contaminación atmosférica proviene de la economía de los EE UU, un país que se niega a firmar el protocolo de Kyoto.
b) tampoco el empresario paga todos los gastos del conocimiento necesario para desarrollar la tecnología que necesita.
La técnica posee una historia, que sí es acumulativa. Los motores y las máquinas se van mejorando en su rendimiento. Y no hay técnica sin ciencia aplicada, ni ciencia aplicada sin ciencia pura. Por ello podemos decir que, al igual que el empresario utiliza numerosos recursos naturales que no paga, del mismo modo no podría jamás cubrir los costes de la producción del conocimiento implícito en el desarrollo de la tecnología inherente a su proceso productivo. En ambos casos el empresario es un ciudadano privilegiado. No sólo por esto, sino también porque utiliza medios públicos, carretas, ferrocarriles, puertos, en su proceso productivo sin pagar los costos correspondientes.
c) el empresario se encarga de que su capital se reproduzca cada día para poder invertirlo cíclicamente. Sin embargo la reproducción de la mano de obra es gratuita. La mano de obra la reproducen las mujeres, como señala Claude Meillasoux (1975), las familias corren con los gastos de crianza de los niños y el Estado es el garante de su educación. Todo ello son costes del proceso productivo que el empresario no asume.
Y, por último, en el desarrollo de su estrategia de búsqueda de mercados hay una buena parte que depende de su habilidad. Pero también en este caso le son útiles conocimientos geográficos, geológicos, científicos, que ha desarrollado la sociedad en la que él vive.
Así pues, el cálculo económico es sólo una ficción útil. Es un instrumento necesario para desarrollar un proceso productivo complejo, del que sólo da cuenta en aspectos parciales.
La función del conocimiento en el proceso productivo es igualmente una función muy limitada. Es un mero instrumento, o una parte más de ese proceso. En el proceso productivo el conocimiento se subordina al fin del proceso, que es la producción de una mercancía rentable. El conocimiento utilizado en un proceso productivo depende del conjunto del conocimiento. De la misma manera que la producción depende de la existencia de un grupo social, la aplicación del conocimiento científico y tecnológico a un proceso productivo determinado depende de un conocimiento global que es el resultado de un proceso social e histórico en el que ese conocimiento se ha formado.
Por esa razón se puede afirmar que ningún empresario podría pagar los gastos de su proceso productivo en el ámbito de las materias primas, el desarrollo tecnológico, la reproducción de la mano de obra y la producción del conocimiento implícito.
El empresario y el científico o el tecnólogo que trabajan para él son ciudadanos privilegiados, ya que se benefician de una serie de bienes que el conjunto de la sociedad produce en una medida increíblemente mayor que el resto de sus conciudadanos.
En la utilización del conocimiento en el proceso de producción intervienen los siguientes valores:
Rentabilidad
Eficacia
Poder
Y todos ellos se encuentran interrelaciones por una magnitud, que es el dinero, de un modo que se podría representar en el esquema siguiente:

La rentabilidad es meramente económica: La eficacia es material, en la producción de mercancías o en el desarrollo de máquinas de destrucción y represión, como son las armas. Ambas son aspectos indispensables del poder y se hallan regidas por el dinero, ya que en todos los casos se trata de la utilización de recursos finitos para lograr unos determinados fines.
No podemos negar la existencia de estos valores, pero es igualmente cierto que también existen otros, como son los valores políticos, morales, o el propio valor del conocimiento en sí. Si se quieren confundir es porque ello obedece a una estrategia política concreta en el momento presente. Estrategia en la que numerosos científicos y tecnólogos participan, o bien porque también comparten esos valores, o bien porque creen que esos valores refuerzan sus valores académicos.
Tras el hundimiento del sistema económico y político de la URSS y sus países satélites se impuso en el mundo occidental la ideología del pensamiento único, de acuerdo con esta ideología sólo hay un sistema económico viable: el capitalismo, y un sistema político: la democracia parlamentaria, fundamentándose todo ello en la ideología de los derechos humanos.
El declive de la URSS supuso la quiebra de un modo de producción: la economía dirigida, de un sistema de coerción militar y policial y de un sistema de persuasión. Pareció evidente que el sistema económico capitalista es más rentable y eficaz que el llamado socialista. En segundo lugar quedó puesto de manifiesto que dicho sistema se basaba en un sistema de coerción no deseado por la mayoría de la población, con lo cual podríamos afirmar que también fracasó el modo de persuasión.
El fracaso fue de tal magnitud que la antigua URSS ni siquiera sobrevivió como modo de coerción, ya que su poder militar quedó muy disminuido, debido al fracaso económico y los EEUU quedaron como la única potencia militar hegemónica en el mundo.
Frente a la hegemonía militar norteamericana y al sistema capitalista y democrático liberal únicamente se alza en la actualidad el fundamentalismo islámico. El fundamentalismo islámico no lleva consigo un nuevo modo de producción, no puede desarrollar un sistema de persuasión mediante argumentaciones racionales, que convenza a los no creyentes, y no puede implantar un nuevo sistema de coerción, sino únicamente desestabilizar al modo dominante, llegando a unos extremos que pueden ser verdaderamente peligrosos.
Superpotencias como la China, que mantienen el modo de persuasión y coerción anterior aceptan el modo de producción capitalista, y no son capaces de ofrecer, mediante su modo de persuasión, argumentaciones que rebatan al pensamiento único.
Ahora bien, del hecho de que el capitalismo sea más eficaz y rentable que el socialismo no se deduce que el capitalismo sea necesario. Pasar del es al debe se conoce con el nombre de falacia naturalista, en la teoría ética. No podemos deducir del hecho de que en España casi cada semana un marido mate a su mujer que eso se deba hacer, porque se hace. Lo mismo ocurre con el capitalismo y con la teoría que propone subordinar el conocimiento al proceso de producción económica.
De hecho el sistema económico mundial, cuya complejidad en redes financieras, comerciales y productivas es tan grande que no puede ser procesado informativamente presenta graves problemas, que señalan su inviabilidad. Pondremos algunos ejemplos.
Si el nivel de consumo de energía y de motorización de los EEUU se generalizase a todo el planeta, lo que debería ser así, si su sistema económico es universalizable, no sólo no llegarían los combustibles, fósiles o de otro tipo, sino que la contaminación atmosférica haría prácticamente imposible la vida humana sobre la tierra.
El mundo actual, simplificando la cuestión confines expositivos, puede dividirse en un mundo altamente industrializado, que vive en el ámbito de la “sociedad del conocimiento”, y un mundo no industrializado, o por lo menos industrializado en mucha menor medida.
Podríamos suponer que ese mundo suministrase sus productos agrícolas al mundo industrializado. Lo que ocurre es que el mundo industrializado dedica seis veces más dinero a proteger su propia agricultura que a fomentar el desarrollo del llamado Tercer Mundo. La Comunidad europea dedica, por ejemplo, la mitad de sus fondos comunitarios a subvencionar su propia agricultura, en la que trabajo el cinco por ciento de su población.
El mundo industrializado deslocaliza sus industrias hacia el mundo 2, que llamaremos así por comodidad. Lo que ocurre es que los salarios de los trabajadores del mundo 2 son tan bajos que su capacidad adquisitiva tampoco puede favorecer plenamente el desarrollo de esa industria. Y paralelamente parte de la población del mundo 1 se empobrece y su capacidad adquisitiva decae. Lo que parece indicar la existencia de un grave problema estructural para la supervivencia de ese modelo económico.
En el mundo de la “sociedad del conocimiento” en el que el 70 por ciento de la población mundial nunca ha hablado por teléfono, difícilmente la podremos conectar a Internet. Hay países como Afganistán en los que el 5 por ciento de la población dispone de agua corriente. El consumo de agua, para la agricultura y los usos domésticos es un problema económico mundial de primera magnitud. Sin agua suficiente y sin sistemas sanitarios es imposible mantener una situación sanitaria aceptable.
En el mundo de la “sociedad del conocimiento” médicos y compañías farmacéuticas apenas investigan el catálogo de las más o menos 5000 enfermedades raras, porque no es rentable comercialmente. Las enfermedades de los pobres, como la enfermedad de Chagas, apenas tienen interés. Se buscan medicamentos para ricos, como las estatinas o medicamentos para el Alzheimer por su gran rentabilidad, derivada de sus altos precios.
Los motores de combustión interna desperdician la mayor parte de la energía que queman. No se crean otros, o bien porque no se sabe, lo que demostraría el carácter limitado de nuestro sistema del conocimiento, o bien porque no se quiere y ello no interesa a la industrias petroleras, lo que sería peor.
Creo que se puede afirmar que nuestro sistema científico industrial posee numerosos problemas. No es generalizable a nivel mundial. Ese sistema es cada vez más poderoso. Hoy en día se suele decir, como señala John Ziman (J. Ziman, 2003), que la ciencia vive en la etapa postacadémica. En Japón, por ejemplo, el 70,5 por ciento de la investigación corresponde a la industria. Ya hace años destacó Pierre Thuillier la manipulación militar, política y económica de la ciencia, a través de numerosos ejemplos.
Es evidente que la industria necesita investigación, lo lógico consecuentemente es que ella se la pague, al igual que costea el montaje de sus plantas. No se puede subordinar todo el conocimiento a la producción por dos razones. En primer lugar porque es imposible. El conocimiento es un sistema muy complejo y nadie puede establecer con garantías el límite entre el conocimiento puro y el aplicado. La industria sólo financia el aplicado, pero también se beneficia del puro, que tiende a financiar el estado, lo que no parece justo.
Subordinar el conocimiento sólo a la industria, además de injusto, también puede ser contraproducente. Los ingenieros suelen ser mentalmente bastante conservadores y tienden a repetir los conocimientos adquiridos. Podríamos decir que una garantía para el progreso del conocimiento es que haya un parte sustancial del estudio del mismo que no esté controlada financieramente por la industria.
La ideología del mercado apela al liberalismo y a la defensa de los derechos del individuo. Lo que ocurre es que el tipo de liberalismo al que se apela es el llamado individualismo posesivo, que privilegia el derecho de propiedad sobre muchos otros.
Por supuesto que el derecho de propiedad es uno de los derechos humanos. Ahora bien deberíamos introducir un matiz. Todo derecho requiere por lo menos la existencia de dos personas: A y B, de modo que el derecho de A sólo existe en tanto que lo reconoce B, y viceversa.
En el caso del derecho de propiedad, sin embargo, deberíamos introducir un matiz, ya destacado por Marx. Y es que la propiedad privada de los medios de producir no sólo implica el reconocimiento del derecho del empresario por parte del trabajador, sino también el hecho de que en gran parte de los casos la vida del trabajador depende del salario que le paga el empresario. Y se suele dar el caso de que muchos trabajadores acepten un trabajo no porque el empresario los persuada, sino porque no tienen otro remedio para vivir.
El pensamiento liberal del siglo XIX consideró que no deberían existir los sindicatos -ya que limitaban la libertad de contratación- ni las ayudas sociales: sanitarias, de paro o jubilación, ya que frenaban el crecimiento del mercado y favorecían la supervivencia de los menos aptos, como señalaba Herbert Spencer, un filósofo y sociólogo que profetizó que el desarrollo de la industria acabaría con la guerra, evolucionándose de la sociedad militar a la industrial. La historia del siglo XX y dos Guerras Mundiales vinieron a refutar su aserto.
Si hoy podemos pensar de modo diferente al del siglo XIX en estos temas es porque otros valores: políticos, sociales y morales frenaron el desarrollo de la economía pura del mercado. Una economía cuya pureza los propios economistas se han encargado de matizar.
Si nos centramos en el campo del conocimiento podríamos afirmar consecuentemente que la función básica del intelectual o del científico no debe ser la investigación orientada a la industria; sobre todo en el caso en el que el científico no sea subvencionado básicamente por esa propia industria.
La función de los científicos naturales, sociales o de los dedicados a las ciencias humanas es contribuir al progreso del conocimiento, considerado como un bien común, y partiendo de ello contribuir a la formación de una opinión pública racional en un contexto democrático, mediante la difusión de ese conocimiento.
Como ya hace tiempo señaló Jürgen Habermas no puede existir una sociedad democrática si no hay un proceso, más o menos libre, de formación de la opinión pública (J. Habermas, 1962). Una de las funciones básicas de los científicos e intelectuales es contribuir a la formación de ese proceso, como señala Jeffrey C. Goldafarb (J.C. Goldafarb, 1998), 1o que no es fácil en un mundo en el que la mayor parte de las empresas de comunicación son privadas y en el que los partidos políticos pretenden monopolizar la formación de la opinión pública.
La producción social del conocimiento puede estar condicionada por los criterios de rentabilidad y eficacia, pero también debe estar regida por otros valores de tipo político y moral, y por la búsqueda del propio conocimiento, que es un valor en sí. Ya que las empresas buscan básicamente la rentabilidad y la eficacia debe ser el Estado, el que, al igual que mantiene sistemas de salud pública, infraestructuras, o el propio sistema de defensa nacional, sea el encargado de la promoción del conocimiento puro y de aquellos conocimientos, política y moralmente necesarios, que carezcan de rentabilidad, pero que sean fundamentales en el desarrollo del modo de persuasión.
Al modo de persuasión corresponde la producción de un tipo de conocimientos cuya misión es crear el consenso social. Esos conocimientos pueden estar regidos por sistemas de valores democráticos y que reconozcan los derechos humanos, o no, como ocurrió con el fascismo, el nazismo y el estalinismo. En el caso de los países que están dotados de constituciones democráticas la promoción social de esos conocimientos no productivos es un mandato constitucional y, en gran parte debe corresponder al Estado. Y lo mismo ocurre con la difusión de esos valores a través de la educación.
Podríamos sintetizar nuestra propuesta, partiendo de la tesis 1, del modo siguiente:
Tesis 8: el conocimiento humano puede definirse como un conjunto no numerable de enunciados.
Ese conjunto incluye diversos subconjuntos que a su vez se intersectan entre sí.
Algunos de esos conjuntos pueden estar más vinculados a un número limitado de valores que otros (por ejemplo: tecnología de los motores de combustión interna se interrelaciona con eficacia y rentabilidad). Sin embargo, a nivel global:
El conjunto de los enunciados que constituyen el conocimiento está vinculado a un sistema complejo de valores en el que los valores citados anteriormente, rentabilidad y eficacia, deben estar subordinados a otros valores que poseen mayor jerarquía normativa (los políticos y morales). Es imposible establecer una correlación básicamente entre conocimiento y dinero, ya que el conjunto del conocimiento es no numerable y el del dinero si lo es.
Habíamos dicho anteriormente que al Estado corresponde el fomento del conocimiento y que para ellos deben existir instituciones dedicadas a su producción y enseñanza, y entre ellas tuvo un papel destacado la Universidad.
Veamos ahora si la Universidad puede cumplir esa función políticamente, y si la propia estructura de la Universidad facilita o impide esa labor.
III
Las universidades europeas nacieron en la Edad Media como corporaciones destinadas a la formación de juristas, teólogos, y en menor medida médicos. Así continuaron hasta comienzos del siglo XIX, cuando comenzó a darse la paradoja, después de que el desarrollo de la ciencia moderna se llevase a cabo básicamente al margen de las mismas, de que algunos de sus más distinguidos profesores señalasen una contradicción básica de la propia institución universitaria. Y es que, como señalaba I. Kant en Der Streit der Fakultaten (I. Kant, 1983), no dejaba de ser curioso que la Facultad con mayor jerarquía en el conocimiento, la de Filosofía -que en su época incluía todas las ciencias -, fuese la de menor prestigio académico.
La Universidad era además un centro para la formación de las élites. Asistir a Oxford y Cambridge en Inglaterra, o bien tenía como fin formarse como clérigo o abogado, o bien permitía obtener una etiqueta de distinción social, como aún en la segunda mitad del siglo XIX señalaba Cardenal Newman (C. Newman, 1946). El acceso a esas dos universidades se reservaba a los hijos de la nobleza o la alta burguesía, quienes más que formarse, pasaban en ellas una temporada.
La idea kantiana de privilegiar la producción del conocimiento como misión de la Universidad fue defendida en el siglo XX en nuestro país por José Ortega y Gasset (J.Ortega y Gasset, 1940), quién ya anunciaba el peligro de reducir la Universidad a un centro de formación de técnicos, cayéndose así en lo que él bautizó como “barbarie del especialismo”.
Pero no sólo el imparable avance de la ciencia-técnica, entrevisto por Ortega hace sesenta años, puede suponer una limitación para la misión de la Universidad entendida como centro orientado a la producción del conocimiento, sino también puede contribuir a ello la estructura de las propias comunidades académicas.
Los profesores universitarios han sido objeto de interesantes análisis sociológicos por parte de autores como Fierre Bourdieu (P. Bourdieu, 1984); Tony Becher y Paúl R. Trowler (T. Becher y P.R. Trowler, 2001) y Bill Readings (B. Readings, 1999).
Partiendo de sus análisis podríamos formular la siguiente tesis:
Tesis 9: la Universidad y sus comunidades científicas son las instituciones mejor adaptadas para producir, libremente conocimiento, pero existen obstáculos psicosociales que dificultan esa labor.
La existencia de esos obstáculos unida a la presión económica y política podrían llegar a hacer esa labor imposible. Con ello ocurriría que:
La Universidad sería una institución creada para desarrollar una labor cuyo ejercicio quieren impedir sus propios creadores. La existencia de la Universidad sería una contradicción en los términos.
Señalaba Pierre Bourdieu (P. Bourdieu, 1984) que el homo academicus vive en un doble sistema de deseo, oscilando entre la libido sciendi y la libido dominandi, las dos fuerzas que rigen al alma humana, según San Agustín.
Los universitarios desean saber. El saber les produce placer y a su búsqueda dedican su vida, aprendiendo habilidades y destrezas para crearlo en el marco de su especialidad y desarrollando técnicas de exposición de las mismas, de acuerdo con las claves retóricas propias de cada especialidad, las que han sido analizadas por Alan G. Gross (A.G. Gross, 1990) para el caso de la retórica de la ciencia.
Pero el homo academicus también siente pasión por el poder. Platón, un filósofo puro quiso gobernar y aconsejó a un tirano que acabó vendiéndolo como esclavo. En sus utopías políticas la ciudad debía ser gobernada por los filósofos reyes.
Con la llegada del cristianismo la fundón orientadora del filósofo la asumieron los clérigos, que son quienes producen el conocimiento rey: la teología, y quienes aconsejan a los gobernantes, a los que pueden amenazar con su expulsión de la Iglesia.
La Inquisición católica y protestante, como en el caso de Calvino, quiso frenar el desarrollo del pensamiento libre y de la propia ciencia, sin conseguirlo. La ciencia triunfará, los philosophes de la Ilustración se convertirán en sus paladines, pero también ellos, como Voltaire y Diderot querrán ser, y lo serán, consejeros de los reyes y reinas. El positivismo de Comte predicará a favor del gobierno de los científicos y los industriales. Y esa reivindicación será asumida en parte por el pensamiento socialista, en el cual, al fin y al cabo, la misión directora en política ha de corresponder a aquellos que conozcan las “leyes científicas” del desarrollo de la sociedad y la historia.
Esa pasión por el poder se manifiesta en dos vertientes: a) el poder académico y b) el poder económico y político, que hasta ahora era secundario.
Los universitarios, dice Bourdieu, acumulan un capital simbólico. Ese capital se forma por una acumulación de honores que pueden ir desde la posesión de publicaciones: libros, artículos, descubrimientos o patentes, hasta la acumulación de “signos externos de saber”: pertenencia a sociedades científicas, presidencia de las mismas, asistencia a reuniones y congresos...
Becher y Trowler dividen a los profesores en monjes y cortesanos; los primeros estarían más orientados a la libido sciendi y los segundos a la libido dominandi, aunque entre ambas categorías no pueda haber una división absoluta. Del mismo modo Readings los divide en rurales y urbanos, compartiendo ese mismo tipo de características.
La existencia de la propia institución académica y de las comunidades científicas favorece la producción del conocimiento científico. Sin embargo también la impide, en tanto que ambas instituciones exigen la adaptación a unos patrones de conducta y a unas formas de expresión y de pensamiento que pueden estar, o no, dictadas por la naturaleza del objeto que se estudia.
T.S. Kuhn ya señaló el carácter epistemológicamente conservador de las comunidades científicas. Si a ese carácter conservador intrínseco a las mismas le añadimos el deseo de subordinación de las mismas o unos parámetros de investigación dictados por la rentabilidad y la eficacia, entonces su grado de libertad de pensamiento será mínimo.
El universitario de Bourdieu buscaba “capital simbólico”, honores que le confirmas en como sabio. Para ello estaba dispuesto a renunciar a parte de su libertad intelectual y personal, ya que la satisfacción lograda era mayor que el sacrificio asumido.
El nuevo homo academicus, veinte años después de la publicación del libro de Bourdieu, además de someterse para adquirir el capital simbólico también se somete a los intereses empresariales y políticos para conseguir “capital monetario”. El universitario de este modo, no sólo se somete a su comunidad científica, sino a los intereses de las empresas y de aquellos organismos públicos encargados de la financiación de la investigación.
El investigador no sólo ha de hallar el reconocimiento científico de sus pares, sino también la confianza de los evaluadores estatales o empresariales que le financien su investigación.
Esos evaluadores, controladores del desarrollo del conocimiento por criterios externos: económicos o políticos, pueden ser a su vez científicos defensores de esos valores limitados, o antiguos científicos, que ya no practican la investigación porque han llegado a la conclusión de que ya la única libido que puede dar placer es la libido dominandi.
Los “evaluadores” estatales o industriales pueden llegar a ser los nuevos teólogos, adoradores de la rentabilidad o la eficacia, o los nuevos inquisidores. Su misión consiste en desarrollar mecanismos de evaluación cada vez más complejos, que justifiquen su propia existencia como corporación, del mismo modo que los escribas egipcios complicaron intencionadamente el arte de la escritura para justificar los privilegios, justificados por un largo aprendizaje. O también del mismo modo que los mandarines chinos llegaron a consideran como arte supremo el arte de la caligrafía, complemento del conocimiento de miles de reglas y preceptos.
Estos mecanismos de control de la investigación son en parte necesarios, ya que los recursos necesarios para la misma son limitados. Pero también es cierto que están condicionados por la ideología empresarial y neoliberal, olvidándose de que no se puede dar exclusividad moralmente a un sólo tipo de valores, ya que todos los valores forman un sistema conexo, en el que es muy difícil predecir las consecuencias de la violación de un valor determinado, como señala Keith Graham (K. Graham, 2002).
Incluso se da el caso de que esta ideología empresarial pretenda determinar la propia existencia de instituciones que por su propia naturaleza no pueden ser empresas, como es el caso de la Universidad, o las instituciones sanitarias, o los propios ejércitos. La mayor parte del gasto sanitario se realiza por razones éticas. ¿Qué rentabilidad tienen mantener con vida, con gran gasto a ancianos jubilados, cuando los beneficios de las farmacéuticas que de ello se derivan incrementan el déficit público? ¿Por qué se construyen armas nucleares? Básicamente para no usarlas, ya que la estrategia nuclear se basa en la disuasión del enemigo, al que “convenzo” de que un mutuo ataque de este tipo llevaría a nuestra destrucción mutua.
La concepción empresarial de la Universidad es una contradicción en los términos, ya que supone negar la existencia de la propia Universidad y sus fines básicos. Dicha concepción dificulta o impide el desarrollo del conocimiento, más que favorecerlo. Y de ser consecuentes en su aplicación deberíamos pedir, como señala Readings, la propia clausura de la Universidad.
A todo ello habría que añadir que quienes la defienden dentro del marco de la propia institución académica se engañan a sí mismos y a los demás. Ya que no son verdaderos empresarios. Utilizan medios y bienes públicos, no pagan impuestos y, además, utilizan mano de obra altamente cualificada en condiciones laborales de subempleo.
La implantación del pensamiento único y la ideología neoliberal posee un claro sentido conservador y, como es lógico en este tipo de pensamiento, lleva consigo una cierta postura panglossiana, de acuerdo con la cual vivimos en el mejor de los mundos posibles. La asunción de esta perspectiva por parte de los científicos tiene varias consecuencias muy claras. En primer lugar les lleva a no ser conscientes de las limitaciones del propio pensamiento científico y a considerarlo como un sistema cerrado y perfecto. Y en segundo lugar, tal y como quería Leibniz, al que Voltaire caricaturiza a través de Pangloss, que todo lo que es posible ya se ha hecho efectivo o real.
Dado que, además, estos científicos se identifican con el sistema político y económico vigentes, llegarán a formular inconscientemente la última de nuestras tesis aunque por supuesto en sentido afirmativo, no negativo, que es el que en realidad posee.
Tesis 10: el proceso político y administrativo de evaluación del conocimiento pueda dar cuenta del propio valor y desarrollo del conocimiento científico.
Esto no es cierto. Veamos por qué razones.
Los científicos imbuidos de la ideología empresarial, y que por ello están convencidos de que se puede establecer una clara relación entre conocimiento y dinero, imitan en sus procesos de evaluación el cálculo empresarial.
Ya habíamos visto que el cálculo económico es muy limitado, y que únicamente posee validez en el diseño de un proceso de producción, cuando se realiza la estimación de los costos y se calcula la rentabilidad posible. Ese cálculo es imperfecto, aparte de por las propias limitaciones del cálculo económico, porque los mecanismos de formación de los precios están condicionados por muchos factores, de los cuales algunos no son meramente racionales, sino sociológicos, psicológicos y políticos. Todos conocemos la sensibilidad de los mercados de valores a las tensiones políticas y a las posibles amenazas bélicas. Pero es que, además de ello, el éxito de un producto en el mercado, -sobre todo si no es un producto de primera necesidad, cuya demanda es inelástica-, está condicionado por los gustos de los consumidores y las modas.
El empresario puede diseñar un proceso de producir, pero la realidad compleja e inabarcable del mercado puede hacer que, mediante el juego de múltiples factores que entran en interacción, ese cálculo lleve al éxito o al fracaso. Podríamos establecer un símil. Si llamamos al empresario observador interno, ya que parte de una perspectiva subjetiva, aunque esté avalado por numerosos datos y técnicas de interpretación, y a otro observador observación externo, que estaría caracterizado por analizar el proceso, no antes sino después de la fabricación del producto y su destino en el mercado, tendríamos que admitir que la perspectiva del observador más correcta sería la del segundo ellos. Del mismo modo que en un proceso histórico quién analiza un proceso después de su finalización posee una perspectiva más correcta que quién lo está viviendo, aunque éste tenga una vivencia directa del mismo.
Dado que el proceso de evaluación del conocimiento científico imita la lógica empresarial, tendríamos que admitir que dicho proceso comparte las mismas limitaciones que los científicos evaluadores, por supuesto, no reconocerán, puesto que poseen una visión panglossiana y totalizadora de la ciencia.
Esos evaluadores sólo podrán calcular el valor de un proceso de investigación si está orientado a la fabricación de un producto destinado al mercado. Y ello es así porque la rentabilidad es un concepto económico. O podrán evaluar la mayor o menor eficacia de una máquina.
Lo que no podrán hacer es cuantificar algo no numerable.
La mayor parte de los científicos suelen ser profundamente ignorantes de la historia de su disciplina, cuyo estudio se reserva para los profesores de “Historia y filosofía de la ciencia”. Por ello no son conscientes de dos hechos fundamentales: 1) que una ciencia es el resultado de un proceso histórico, en el que los conocimientos adquiridos pasan a darse como hechos observados, y en el que esa acumulación de conocimientos permite, precisamente, el avance del conocimiento, al no tener que probar continuamente las verdades básicas en las que se asienta cada dominio científico; 2) que, al igual que se solía decir habent sua fata libelli, el éxito de una teoría científica no se puede predecir antes de su desarrollo. Es la perspectiva del futuro la que permitirá comprobar ese éxito, o su fracaso. Los científicos podrán predecir acontecimientos si disponen para ello de alguna ley matemática -como en el caso de los eclipses-. Lo que no pueden predecir es el futuro de su propia disciplina. Y ello es así porque, como ya habíamos visto, un científico puede hablar del sector de la realidad que le corresponde estudiar, no de su ciencia, y mucho menos de la ciencia en general.
Si dejamos de lado el proceso de evaluación asociada a la producción de una mercancía o un instrumento más o menos eficaz y nos centramos en lo que podríamos denominar el mero conocimiento, veremos que los criterios de evaluación que su utilizan son meramente externos. En este segundo caso no están contaminados por conceptos de la teoría económica, sino por el sistema institucionalizado de honores académicos, que constituye lo que habíamos denominado, siguiendo a Pierre Bourdieu, el “capital simbólico”.
Veamos algunos ejemplos de ello, de curiosa naturaleza.
Está generalmente admitido que la investigación se puede medir por el número mayor o menor de proyectos de una institución o un investigador. Lo que es absurdo, ya que primero tendríamos que cuantificar, no el número de proyectos o su costo -otra curiosa magnitud generalmente admitida como símbolo de calidad- sino por la cantidad de conocimiento producida. Cantidad que no se puede medir, ya que el conocimiento es un conjunto de enunciados no numerable.
El conocimiento, además de desarrollarse en relación con los ámbitos de la producción y de la tecnología se desarrolla también en el ámbito de los valores. Existe una jerarquía de valores, pero no una cuantificación, por lo cual a pesar de intentos como el de Javier Echevarría (J. Echevarría, 2002), no es posible establecer un método de evaluación científica en el que se llegue a una cuantificación, que sólo puede ser monetaria, partiendo de los valores.
Las discusiones en torno a la jerarquía de valores son discusiones políticas o éticas, no científicas, ni mucho menos económico-administrativas.
Si dejamos a un lado esta curiosa cuantificación del conocimiento mediante el número de proyectos y su valor monetario, veremos que los otros criterios de evaluación que se utilizan son de carácter simbólico u honorífico.
Es evidente que el conocimiento científico se produce de forma masiva. Existen miles de científicos en el mundo y se publican decenas de miles de artículos, hasta el punto de que son necesarios instrumentos informáticos para poder hallar entre ellos los que nos puedan interesar. Ahora bien, el científico busca el reconocimiento, necesita destacar entre esa masa de científicos anónimos.
La ciencia es básicamente conocimiento normal (T.S. Kuhn, 1962). Las revoluciones científicas son muy escasas y el número de científicos excepcionales que la opinión pública encarnó simbólicamente en la figura excéntrica de Albert Einstein, es mínimo. Por ello será necesario desarrollar mecanismos institucionales de promoción jerárquica, como son la jerarquización de revistas por categorías y la consecuente adquisición de un mayor honor al publicar en una revista de más jerarquía. La ocupación de cargos en sociedades científicas, formadas por cientos, o miles de miembros, que también sería un signo de reconocimiento intelectual. O la representación ritual de actos generadores de honor en las instituciones correspondientes, como pueden ser la asistencia a congresos, la participación jerarquizada en los mismos: con comunicaciones, ponencias o presidentes de mesas.
Lo curioso es que todos estos honores también se cuantifican. Así el capital simbólico de un científico sería, por ejemplo, la suma de sus publicaciones, cargos científico-honoríficos y participaciones en actos científicos -como congresos y conferencias. Ahora bien, está claro que estas magnitudes no se pueden sumar entre sí. Y también es evidente que la contribución de un científico al incremento del conocimiento no se mide multiplicando una constante por el número de sus publicaciones. Ello sería absurdo, y así todo el mundo lo reconocería, además de imposible, ya que el conocimiento no es cuantificable.
Los grandes avances en el conocimiento no se producen sólo mediante la acumulación cuantitativa de información, aunque ésta sea fundamental, sino por la introducción de nuevos sistemas que reorganizan todo un campo de conocimiento. Esas reagrupaciones estructurales se conocen con el nombre de “teorías científicas” o “revoluciones científicas”, en la terminología kuhniana. Suele admitirse que su número es muy escaso, que no se puede predecir su aparición y que no se pueden planificar ni desarrollar programas de investigación para producirlas, ya que su aparición está condicionada por el propio crecimiento del conocimiento científico, pero también por factores externos: filosóficos, sociales, e incluso políticos y psicológicos.
Sólo se puede establecer un proyecto de investigación dentro del ámbito de una teoría establecida. Consecuentemente sólo se puede planificar el avance del conocimiento en aquellos ámbitos que al científico le darán menor gloria académica. En aquellos ámbitos en los que prima el ser normal, el ajustarse a los patrones establecidos y el no destacar. Pero el científico tiene la necesidad psicológica, promovida por la propia competitividad del medio académico de destacar. Para ello creará este sistema de honores en el que se confunden heterogéneos signos externos con la producción y evaluación del propio conocimiento. De este modo el científico, al verse inmerso en el ámbito de una comunidad que planifica su vida intelectual, y a veces afectiva, pierde toda capacidad crítica frente a su propia disciplina y frente al sistema académico en el que está inmerso. E incluso puede llegar a perder, como está ocurriendo en el mundo desarrollado, la perspectiva política cuando da culto, además de a los ídolos de la tribu, que decía Sir Francis Bacon, a los ídolos del foro, que en este caso sería el Forum boarium, aquella plaza en la que en la antigua ciudad de Roma se realizaban las transacciones comerciales.
Vivió en Holanda en el siglo XVII, un filósofo judío, Baruch de Spinoza, que además de estar marginado por ser judío, fue doblemente marginado, al ser expulsado de la Sinagoga por atreverse a pensar libremente sobre la religión judía y sus libros sagrados. Spinoza poseía una gran pasión por el conocimiento, encarnado bajo la forma de las matemáticas. Llegó a decir que el único amor a Dios posible era el amor por el propio conocimiento. Para intentar demostrarlo escribió un tratado, la Ética, bajo la forma de proposiciones matemáticas. Quisiéramos recordar ahora la última de sus proposiciones, en la que culmina el tratado, y que en la actualidad sería de una importancia capital, precisamente, por no ser los científicos capaces de pensarla. Dejémosle hablar:
“pero todo lo excelso es tan difícil como raro”
Baruch de Spinoza: Ética, XLII. escolio.
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